Tanto laburo valió la pena. Ayer más que nunca, como tenía que ser. Los tarros y los litros de pintura blanca y roja no se desparramaron de vicio. No hubo arrepentimientos ni acongojados. En el verde, los encargados de resaltar ese brillo nuevo de las tribunas no gambetearon la tarea y cumplieron con su parte. Como un chiche nuevo en tamaño familiar, el resplandor dio la nota desde afuera y fue el run run en la antesala del clásico San Martín-Atlético, en la renovada casa mayor de La Ciudadela.

La obra fue de los hinchas, por purísimo amor a la camiseta. Pincel en mano y gorro para cubrirse del frío -aunque la camiseta se transpiró igual- fue la postal de la semana, donde se organizaron en grupos con una sola misión: adornar su segundo hogar. Y todo para que el dueño se sintiera a gusto. Además, había que lucirse y aprovechar que no habría intrusos que cubrieran las zonas con su celeste y blanco característico. Esta vez, fue todo albirrojo, con los trapos combinados a la perfección. Ni el ambiente de afuera, mezcla de neblina y tierra traviesa por la nostalgia de la lluvia, opacó el color que el hincha "santo" se encargó de preparar para la tarde dominguera.

A la hora de la cita, con los 22 cara a cara, no hubo fútbol champagne ni nada por el estilo. Pero lo hecho sirvió igual, y fue suficiente para que en el final se brindara por ese gol del bueno de Molina. Rubén le puso el moño a una presentación esperadísima, porque siete años sin saborear las mieles propias de estas historias jamás pasan desapercibidos.

Fue un desahogo, para los ganadores y sus maquilladores. Seguramente, a ellos lo mejor que les puede pasar es que esos escalones vuelvan a pedir a gritos una mano de pintura. La razón será evidente y los llenará de orgullo.